miércoles, 13 de mayo de 2015

Alguien me agarró la papaya

Ese día decidí ponerme un vestido que no usaba desde el verano pasado. La primavera había llegado con todo y estaba haciendo un calor de los mil demonios. Era un vestido de algodón, color blanco, sin mangas, volado hasta la rodilla y con escote cuadrado en la espalda, de esos que no te permiten usar bra, pero con suficiente soporte en el busto para que las nenas no se salgan de su lugar. Perfecto para los días calurosos de mayo.

Como había subido un poco de peso desde la última vez que lo usé tenía miedo de que ya no se me viera tan bien como antes, pero me lo puse de todas maneras. Para mi sorpresa, mientras servía cereal en un tupper y fruta en otro, para desayunar más tarde en el trabajo, llegó Floramia y dijo que me veía genial, se arrimó a mí por un costado y bromeando me hizo cara de deseo. ¡Calma tus hormonas, zorra!, le dije entre risas. Guardé los dos tuppers del desayuno en mi bolsa y salí del apartamento soplando desde la puerta un beso coqueto a Flor que estaba en la sala.

Después, el chico del puesto de revistas de la esquina, con el que a veces comento las noticias del día, me preguntó a qué se debía que anduviera tan linda. Cuando me pongo nerviosa y no sé qué decir sólo sonrío, así que esta vez sonreí y me fui de ahí caminando rumbo a la estación del metro Juanacatlán, contenta, porque esos comentarios me habían hecho sentir estupendamente bien.

A esa hora la estación estaba abarrotada pero me puse lista y avancé entre la gente hasta llegar lo más cerca posible de la vía. Con permiso, con permiso. Cuando llegó el tren conseguí entrar rápidamente aunque detrás de mí también entró una multitud y quedamos todos apretujados. Había gente a mi alrededor presionándose contra mí. Como pude logré sujetarme de un poste y esperé el tirón del arranque de la máquina.

Apenas se cerraron las puertas y empezó a moverse el tren sentí una mano tocando mi muslo derecho. Al principio pensé que había sido un movimiento involuntario, pero después percibí que la mano me acariciaba lentamente la piel y levantaba el borde de mi vestido al tiempo que restregaba tímidamente su cuerpo pesado contra mi trasero. El vagón iba demasiado lleno como para moverme de ahí, pero conseguí hacer espacio para colocar la bolsa, que llevaba colgada en el hombro, a la altura de mis nalgas, entre su cuerpo y el mío.

Cuando llegué al DF estas situaciones me daban terror pero con el tiempo aprendí a protegerme y lidiar con esta clase de cerdos. Si te das por enterada o se sienten amenazados se excitan, si no los pelas se hacen chaquetas mentales pero no se arriesgan a más. En algún momento pensé que había sido un error ponerme ese vestido, pero luego me convencí que el problema no era mío, sino de este imbécil. Así y todo aguanté sus empujones y caricias involuntarias en las nalgas, a través de la bolsa que me servía de escudo, hasta la siguiente estación donde bajó un poco de gente y pude acomodarme cerca de la puerta, lejos de él. Nunca le vi la cara, ni me importó. ¿Para qué?

Cuando llegué al trabajo ya me había olvidado del baboso del metro. Fui directamente a la cocineta, encendí la cafetera y mientras se calentaba el agua aproveché para guardar mis tuppers del desayuno en el refri. Abrí mi bolsa y sólo estaba el tupper del cereal, el de la fruta desapareció. ¡El del metro me agarró la papaya! ¡Maldito! Era una papaya pequeña, pero era perfecta. La había comprado días antes y la dejé envuelta en papel periódico como me enseñó mamá. La noche anterior la revisé y vi que ya estaba madura. Le quité la piel, la corté en cuadritos y la escondí para que Floramia no se la comiera. Se veía rojita, jugosa y dulce a más no poder. ¡Era mi papaya! Todavía la recuerdo y me regresa el mal humor.

viernes, 8 de mayo de 2015

Hoy conocí a alguien

Hoy conocí a alguien. Su nombre es Mayra y vive aquí, en el puerto. Hablamos de todo. De ella y de mí. De las cosas que hacemos y de las cosas que nos gustan. De amor y desamor. De Donatello y Gigi, su chihuahua y su yorkie. De mi enfermedad, de mi adicción y de mil cosas más. De verdad fue una plática linda y muy entretenida para ser la primera vez que nos encontrábamos. Tal vez les ha pasado eso de conocer a alguien y sentir que le conoces de toda la vida. Algo así me pasó esta vez.

En el transcurso de la plática me atreví a enseñarle algunas de las cosas que he escrito en este blog y a cambio ella me dejó leer algunas de las cosas que escribe en su libreta, a mano. Dicen que mostrarle a una persona lo que has escrito es más íntimo que desnudarse frente a ella. Lo creo. Al final, ya muy tarde en la noche, me envió este hermoso mensaje:


De verdad me llenó de emoción, porque yo me sentía así, pero no podría haberlo expresado mejor que ella.

Muchas gracias por esto, Mayra S. Acevedo!

viernes, 27 de febrero de 2015

Mal día, buen día

Por la mañana iba a salir con mi mamá al banco para retirar dinero del cajero automático pero el auto no arrancó. Como no teníamos ni para el bus le dije a mi mamá que me esperara en casa y que yo iría caminando hasta la plaza. Imagino que la mayoría de las mujeres como yo ha recibido su buena dosis de pitazos, silbidos y piropos -lindos o asquerosos- cuando caminan por la calle. Esa actitud de los hombres me molesta mucho y a veces me da terror paralizante al punto de evitar salir a cualquier parte, pero esta vez me armé con audífonos y música a todo volumen en el iPod para no escucharles ni enterarme.

Al salir de casa una de las bocinitas de los audífonos dejó de funcionar. No sé por qué. Simplemente se murió. Moví el cable de un lado a otro pero no parecía haber modo de que volviera a la vida aunque pusiera el volumen a tope apenas se podía escuchar algo, así que ahora llevaba la música en un solo oído. Exasperada por eso, y los pitazos y silbidos que estaba recibiendo, me puse en un estado de ánimo semi-gruñón.

Total, caminé como media hora hasta la plaza donde está el banco. La fila en el cajero automático iba lenta porque ah como el cuesta trabajo a la gente usar un simple aparato electrónico. Además, me di cuenta que algunas personas insertan su tarjeta, checan saldo, retiran dinero, sacan la tarjeta, la vuelven a meter y checan saldo de nuevo. O sea... ¿Para qué? ¿No saben restar o qué demonios les pasa?

Total, que cuando por fin llegó mi turno, entré a la cabina y la pantalla del cajero decía "Fuera de servicio temporalmente". Entré al banco y le dije al poli lo que pasaba. Me mandó con un ejecutivo. Esperé como veinte minutos a que se desocupara el fulano y le platiqué lo del cajero. Llamó a alguien por teléfono y me dijo que el técnico lo checaría. Regresé a la cabina y había otros clientes ahí entrando y saliendo cuando veían el anuncio en la pantalla. Me quedé esperando un buen rato. Escuché ruidos detrás del cajero y algo le movieron porque el cajero se reinició. El técnico dijo "Ya quedó" y se fue.
 
Cuando terminó de reiniciarse el sistema apareció de nuevo el mensaje de error. Salí corriendo a avisarle al técnico pero ya no estaba. Fui otra vez con el ejecutivo a quejarme. Debe ser el sistema dijo, pero no se preocupe, pase a la fila Premier y en ventanilla puede retirar. Me formé en la fila, pasé rápido eso sí, porque sólo había dos personas delante de mí. Le entregué la tarjeta a la cajera y le dije que quería retirar cuatro mil pesos. Me pidió mi identificación y se la entregué. "Su identificación no coincide con la del titular de la cuenta". Pues claro que no, la cuenta es de mi mamá, yo solo vine a retirar dinero pero el cajero automático no sirve. Lo siento, la única persona que puede retirar dinero de esta cuenta es el titular. Intenté explicarle todo el asunto pero se negó. Bueno, le dije, devuélvame la tarjeta, voy al cajero de Av. Colón. Llamó al gerente, hablaron no sé qué cosas en voz baja y decidieron retener la tarjeta. "Tiene que venir su mamá a recogerla". Les dije hasta de qué se iban a morir y salí del banco furiosa.

Hacia la mitad del camino de regreso a casa resucitó la bocinita de los audífonos. Estaba una canción de Sia que me gusta mucho y el sonido en los dos oídos me pareció casi orgásmico. Estaba pensando que este sería uno de esos días horribles, pero esto me puso instantáneamente feliz.
 
Tal vez fue el vértigo de la calidad del sonido, o la alegría momentánea al pensar que de aquí en adelante el día sería mejor, que después de haber mirado con cara de asesina serial a un tipo que pasó en su auto junto a mí, muy despacio, decidí que al próximo lo dejaría comerme con la mirada. Así que empecé a tararear la canción que escuchaba en ese momento y a bailar un poco mientras caminaba, moviendo las caderas más de lo necesario.

Le sonreía a los que se acercaban, les guiñaba el ojo a los que me saludaban desde sus autos, a algunos -hombres o mujeres- que me miraban tímidamente les mandé besos al aire. Fue una experiencia liberadora, para ser honesta. Estuvo bien, pero no quiero que se me haga hábito, porque llegó un momento en que me sentía frustrada si no me volteaban a ver.

Regresé a casa sin dinero ni tarjeta, pero con una sonrisa de oreja a oreja que mi mamá no entendió ni yo supe explicar.

martes, 6 de enero de 2015

Escribir

Tenía la costumbre de contar largas historias cuando era niña. De hecho, es por eso que empecé a escribir: Mi padre estaba harto de escucharme hablar por horas sobre cualquier acontecimiento que había ocurrido en la escuela, y sugirió que debería escribir mis relatos en papel.
Al principio, el acto de escribir todos los detalles me pareció demasiado trabajo, así que intenté dibujar a mano mis historias en forma de comics. Por desgracia, pronto descubrí que tenía la capacidad artística de un pepino epiléptico. Finalmente, fue más fácil omitir los dibujos del todo, y acabé escribiendo descripciones detalladas de cabo a rabo.
Mi abuela dice que yo salí del vientre con una historia que contar, y que no me he callado desde entonces. Mi mamá dice que probablemente me quedaré sin algo que contar algún día.
Tengo veintiseis años ahora, y todavía me queda mucho por contar.

viernes, 24 de octubre de 2014

Medio estornudé, medio tosí.

Este clima no me sienta bien. Hace un momento sentí que me venía un estornudo, cuando tomé una bocanada de aire la garganta se preparó para toser, así que tosí y estornudé al mismo tiempo. Sonó bastante raro. Pensé que me iba a ahogar. Medio estornudé, medio tosí. La nariz se quedó con ganas de estornudar apropiadamente y la garganta con ganas de aclararse bien. Se lo conté a mi mamá, pero como estaba rezando no me hizo caso.