viernes, 24 de octubre de 2014

Medio estornudé, medio tosí.

Este clima no me sienta bien. Hace un momento sentí que me venía un estornudo, cuando tomé una bocanada de aire la garganta se preparó para toser, así que tosí y estornudé al mismo tiempo. Sonó bastante raro. Pensé que me iba a ahogar. Medio estornudé, medio tosí. La nariz se quedó ganas de estornudar apropiadamente y la garganta con ganas de aclararse bien. Se lo conté a mi mamá, pero como estaba rezando no me hizo caso.

sábado, 23 de agosto de 2014

Quiero bañarte de vida

Soy veracruzana. De ahí, del meritito Golfo de México. Me encantan el agua del mar y el calor. El calor beneficia a las plantas y a los bichitos que viven de ellas y después alimentan a otros bichos más grandes que se comen las plantas y los bichitos. Así empieza toda la biosfera que nos da la vida.

Adoramos dioses que nunca existieron pero nos olvidamos del astro maestro. El sol que crea que la vida, la cuida y la protege. Te quita la gripe horrible que te parte los huesos y da catarro, pero sobre todo, te quita la depresión, porque nadie puede estar triste en un día verde y soleado.

Es un Dios que no se anda con amigüedades. Te dice quién eres y qué haces aquí. Si no lo sabes es porque no le has escuchado, ni sentido. Si quieres saberlo tienes que pararte frente a él, esperar hasta que te ilumine con toda su inmensidad y entonces sí, pregúntale a grito pelón quién soy, qué hago aquí. No le preguntes si tu marido te es infiel, si tu novio te quiere y se casará contigo, cuantos hijos tendrás o hasta cuando vivirás. Eso no lo sabe, ni le interesa.

Un día soleado es como un beso en la mañana, como un buenos días mi cielo, levántate. Te amo. Estoy aquí afuera, esperándote. Quiero bañarte de vida. Un día nublado es nostágico, pleno de lo que pudo ser, de dónde estarías, de ojalás, de hubiera hecho esto o aquello, de niños tristes y tristes lágrimas.

Cuando me quejo del frío los chilangos me dicen abrígate y de a poco en poco te acostumbrararás. No quiero acostumbrarme a morir de a poco en poco todos los días.

viernes, 22 de agosto de 2014

La vida sin hijos

No era usual verlos en el restaurante, pero eran de la zona y a veces me los encontraba paseando al perro en las calles de la Condesa. Eran una pareja que andaban en los cuarenta y tantos años y tenían un hijo un poco menor que yo. Él chico era agradable y se parecía mucho a su padre. Cuando me tocaba atenderlos los saludaba como si los conociera de toda la vida, les hacía una breve charla para hacerlos sentir bienvenidos y luego preguntaba qué querían ordenar.

Un sábado por la noche llegaron al restaurante sin el hijo. Después de cenar se tomaron varias botellas de vino tinto y se les veía muy animados. Cuando les llevé la cuenta se me ocurrió preguntar qué estaban festejando. ¡La vida sin hijos! dijo él, casi gritando. La esposa aplaudió y el esposo río a carcajadas. Así fue como me enteré que el hijo se había ido a estudiar al extranjero.

Me pareció un buen motivo para festejar, así que les regalé dos copas de vino de la casa (una marranilla horrible que Pepe daba de cortesía cuando la cuenta era grande), serví un poquito para mí y brindé con ellos. Intenté venderles otra botella de vino pero ellos preferían seguir la fiesta en algún bar cercano.

En ese tiempo me la pasaba de fiesta en fiesta y exceso en exceso, así que bromeando les dije que quizá me los encontraría más tarde, cuando terminara mi turno. Sin pestañear la esposa comentó que iban al Leonor y que sería genial que me encontrara con ellos ahí. Me pareció un poco raro que me invitara pero no le di importancia, todo el tiempo coincidía con clientes del restaurante en los bares de la Condesa.

El Leonor era un antro muy exclusivo que estaba a dos cuadras de la pizzería. Les comenté que ese antro estaba muy lejos de mi alcance. ¡Era demasiado caro! Pero entonces él dijo ¡Deberías ir! Por el dinero no te preocupes. La vamos a pasar increíble y después podemos seguir la fiesta en casa. ¡Tenemos alcohol como para abrir una farmacia! Eso me tomó por sorpresa. Nunca esperé que la conversación fuera en esa dirección. Solo sonreí y mientras limpiaba la mesa les dije que lo pensaría.

El marido sacó la billetera para pagar la cuenta y yo salí volando de ahí. Esperé a que se fueran, pero seguían en la mesa platicando de quién sabe qué. Regresé para preguntar si todo estaba bien y recoger las copas vacías de último vino. La esposa se levantó de su asiento y dijo con voz un poco ebria "Si vienes yo me encargo de que pases una noche que nunca podrás olvidar". El señor me dio una palmadita en el trasero y dejó quinientos de propina. Luego se fueron.

Si hubieran dicho que la farmacia también tenía químicos tal vez me hubiera animado.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Amigo y amor de mierda

En el verano del 2010 me enrollé con el hermano del dueño de la pizzería donde trabajaba. Era un tipo encantador, moreno, esbelto, con mucho vello en todo el cuerpo y un carísma que no he conocido en nadie más. Nos veíamos a escondidas porque él era mucho mayor que yo y decía que no quería meterme en problemas. Delante de la gente lo trataba como si nada, pero todos en el restaurante sospechaban que algo pasaba y bromeaban con eso. Yo me hacía la loca.

Además de guapo era muy inteligente pero también muy holgazán. Su vicio era dormir y era hábil para alejarse de cualquier cosa que significara trabajo. Todo el tiempo hacía planes descabellados para ganar dinero fácilmente: organizaba rifas con boletos baratos y premios extraordinarios que nunca entregaba, hacía pirámides de dinero y cuando las cosas se ponían color hormiga no asomaba la cabeza hasta que el asunto se calmaba. Vivía de a gratis con su prima en lo que conseguía su apartamento soñado, cosa que jamás sucedió.

Llegaba al restaurante de vez en vez, por lo general cuando no estaba su hermano ahí. No le gustaba salir de su apartamento, sólo lo hacía cuando necesitaba dinero o para sonsacar a alguien con alguno de sus ingeniosos negocios. Si le preguntabas por qué no se conseguía un trabajo decía que un amigo suyo estaba en la política y le había prometido un buen puesto en el gobierno federal, pero que había que esperar. Para mí que se estaba escondiendo de alguien. Un día lo sorprendí agarrándo dinero de la caja. Cuando me vió solamente me guiñó el ojo y dijo que era para comprárme un regalo, que por supuesto nunca me entregó, pero desde entonces me dí cuenta que cada vez que él iba a la pizzería no coincidían los cortes de caja.

Chateábamos todas las noches hasta muy tarde y nos veíamos en el apartamento de su prima cada que se podía. Aunque habíamos dicho que lo nuestro era solamente una relación de amigos yo me estaba encariñando mucho con él porque a pesar de todo tenía una personalidad extremadamente positiva y siempre hacía sonreír a todos. La última vez que lo ví sucedió algo terrible.

Esa tarde llegó al restaurante y como el lugar estaba vacío aproveché para decirle que extrañaba besar su pollito. Se hizo el molesto y argumentó que no era un pollito, sino un avestruz, un gallo de pelea o lo menos un pato silvestre. Nos reímos con ganas y los chicos de la cocina asomaron la cabeza. Como seguía haciéndose el difícil le prometí en voz bajita que si nos veíamos más tarde le dejaría magrearme los senos como a él le gustaba. Lo pensó un momento y al final dijo dale, te espero en la noche.

En cuanto terminé el turno fui a encontrarme con él a su apartamento. De verdad tenía muchas ganas de portarme mal. Cuando llegué le conté que había sido un martirio esperar el microbus para ir a verle e intenté convencerle de que la próxima vez él debería ir a mi apartamento, pero en cambio quiso venderme boletos para la rifa de un automóvil. Saque mi billetera para mostrárle que solo tenía dinero suficiente para regresar a casa. Tomó el dinero y dijo que cuando le diera el resto me entregaría los boletos. Pucha, que bueno que no le enseñé el billete de 200 que siempre traigo escondido para cualquier emergencia.

Luego me tomó de la mano y nos encerramos en su habitación, puso el aparato de la música a todo volumen para que su prima no escuchara lo que pasaba ahí -como siempre- y empezamos a hacer cositas ricas, pero no entraré en muchos detalles porque quiero ir al punto que vine a contar.

Estaba inclinada sobre la cama y él me estaba dando por detrás mientras jugaba con sus dedos en mi culo. Se sentía bien. Dijo que estaba a punto de terminar y se me ocurrió preguntarle si quería venirse dentro de mi trasero. De inmediato dijo que sí.

Ahora bien, él y yo ya habíamos hecho anal antes. Siempre lo he disfrutado. Y aunque le dije que él había sido el primero en entrar por ahí la verdad es que yo había descubierto el placer anal mucho tiempo antes de conocerle. Nunca había tenido ninguna complicación a parte del dolor inicial, que es normal. Bueno, esta vez iba a ser diferente.

Primero le hice un oral para que lo tuviera duro y húmedo, luego me puse en cuatro, levantándo un poco el culo para quedar a la altura adecuada. Entró despacio para dejar que me acostumbrara y pasara el dolor, después sin mucho preámbulo, tiró de mi cabello y empezó a moverse más rápido. Durante un tiempo se sentía bien, muy bien de hecho. Hasta que empezó a doler. Le dije que lo sacara, puse saliva en mi mano y la unté en su miembro, después lo encaminé y lo volvió a meter.

Unos segundos después empecé a notar varias cosas. Primero, me di cuenta mi mano estaba pegajosa. Sí, la misma mano que usé para untar saliva en su pene. La miré y estaba cubierta de mierda. Mi propia mierda. Segundo, él estaba perdiendo dureza rápidamente, pero como es de los que no se rinden seguía dándole enfurecidamente. Tercero, mi trasero hacía ruidos raros, clap, clop, clap. Cuarto, miré por debajo y me di cuenta que había mierda en toda su entrepierna.

Demonios. ¿Por qué seguía dándome por el culo? Le había cagado toda la verga y el pobre no decía nada para no hacerme sentir mal. Después de esto no podría verlo a la cara jamás. Necesitaba encontrar una salida a esa situación. Todo esto pasó en cinco o diez segundos, máximo. Así que le dije que deberíamos irnos a la regadera. Él estuvo de acuerdo y yo prácticamente salté de la cama evitándo mirarlo a los ojos.

En su habitación no había baño, así que me cubrí el frente del cuerpo con la sábana de la cama, abrí la puerta y me encontré a la prima cenando frente al televisor. Sólo atiné a decir ups! y pasé frente a ella como si fuera normal andar con el culo cagado al descubierto.

Me metí a la regadera para enjuagarme. Escuché cuando Peralta apagó la música y cinco segundos después entró al baño. Todo lo que pude decirle fue demonios, que pena. Me abrazó y dijo no te preocupes, esas cosas pasan. De verdad me sentía muy apenada. No podía ni siquiera mirarle a los ojos. Me tomó de la barbilla para levantar mi cara y me dio un rico beso.

Tomé la barra de jabón, me puse en cunclillas y le lavé con mucho cuidado el miembro y la entrepierna. No tardó mucho en ponerse duro otra vez, me miró con cara de querer continuar la fiesta. Esta vez no le importó que escuchara la prima.

martes, 19 de agosto de 2014

Una experiencia bizarra

Aquella noche comí más tabletitas del amor de las que cualquier ser humano puede soportar. De acuerdo a los rumores me besé con cuatro chicos, incluyendo a mi maestro de Historia. Tengo la mala costumbre de dejar pasar meses y meses en celibato y luego dejar salir toda la pasión de un solo golpe. La calentura hay que dejarla fluir, porque si no luego anda una de puta, dice mi prima Inés.
Según Juan, pelé un plátano lentamente y lo devoré con indecencia sin perder contacto visual con el maestro. Juan nunca dice mentiras, pero yo a todos les digo que eso se lo inventó. Solo recuerdo a la chica que despertó junto a mí en la habitación. Tenía más aretes en la cara que el joyero de mi abuelita. El pie derecho me dolía horrible. Estaba morado y ardía con la fuerza de mil soles, como si Satanás hubiera meado sobre él. Eso nadie me lo pudo explicar.
Mientras yo me frotaba el pie con un bálsamo de mariguana que me regaló Juan -que según él cura casi todo-, ella preparaba café. Estuvimos en silencio un rato, hasta que me preguntó si recordaba lo que había pasado con el chico que nos llevó al apartamento. Puse cara de no saber de qué hablaba y me contó con risa burlona que estuvimos tonteando los tres en la sala, pero el tipo estaba duro y dale con que quería que le hiciera una lluvia dorada. Lo llevé a la bañera vacía y fría, se sentó en el piso helado y permaneció ahí desnudo durante lo que parecieron horas porque yo era incapaz de hacer pis. Finalmente me las arreglé para derramar unas cuantas gotitas y él se retorcía y gemía como algo sacado de una película porno de bajo presupuesto. En fin, una experiencia bizarra es mejor que ninguna experiencia.