viernes, 27 de febrero de 2015

El masaje

Llevaba un tiempo con dolor en la cadera y las piernas. El diagnostico del médico fue problemas de circulación y recomendó masajes terapéuticos. Contacté a un masajista por recomendación de una amiga de mi mamá y desde entonces el chico vino a casa un par de veces a darme masajes. Así que ya había un poco de confianza con él.

La verdad desde la primera vez que lo vi me gustó muchísimo. Pero más que nada me prendía mucho la idea de seducirlo, porque sentía que a veces coqueteaba conmigo pero cuando estaba mi mamá se ponía en el papel de masajista profesional y todo cambiaba, se volvía súper frío y callado.

El caso es que la última vez que vino no había nadie en casa y yo estaba muy decidida a seducirlo. Las dos veces anteriores me había dado el masaje en la sala, pero esta vez le dije que tenía mucho frío y quería que lo hiciera en mi cuarto. Me acompañó hasta la habitación y mientras él armaba la cama de masajes yo me empecé a desnudar. Quiso voltearse para darme privacidad, pero la habitación es pequeña y no hay mucho para donde hacerse. Además me quité la ropa con calma y me gustó mucho que si bien no le cambiaba la cara y se mantuvo profesional, no me quitó los ojos de encima.

Total, ya desnuda me acosté en la cama de masajes, él cubrió mi cuerpo con una sábana y comenzamos. Primero él estaba junto a mí, trabajando mi espalda y no había mucho que yo pudiera hacer, pero cuando se puso frente a mí, para trabajar mis hombros, mis manos quedaron justo a la altura de su cinturón. Así que discretamente y muy despacio lo toqué. Primero solo dejé mis manos ahí y cada vez que él se movía se rozaba contra mis dedos. Después de un rato intenté tocarlo más evidentemente pero se asustó. Quiso cambiar de posición pero le insistí que trabajara más mi cuello y hombros.

Poco a poco se fue relajando y entonces ya presionaba más su cuerpo contra mis dedos. Yo no lo tocaba descaradamente, pero giré mi mano para que fuera la palma de mi mano la que lo rozara. Se empezó a poner duro, pero recuperó el profesionalismo y se cambió de lugar. Otra vez estaba a mi lado. Me siguió masajeando la espalda. Obvio para ese momento yo ya estaba alucinando y cada vez que me tocaba me prendía más.

Empecé a gemir lentamente cuando él presionaba mi piel con sus manos, gemía instintivamente, pero exageraba un poco para que él supiera que estaba disfrutando y mientras más gemía, más presión aplicaba. Para esto, yo estaba boca abajo, completamente sometida a él, sin control para poder ver nada y eso me gustaba.

Entonces, él me tocaba, yo gemía y en algún momento comencé a levantar la cadera cada vez que sus manos ejercían presión sobre mi cuerpo. Necesitaba apresurar un poco las cosas porque esto ya se estaba volviendo tortura, así que le pedí que me diera masaje en la parte baja de la espalda. Bajó un poco la sábana para poder trabajar en mi cadera y mis nalgas comenzaron a quedar al descubierto.

Yo movía las caderas insinuándole que deseaba que bajara un poco más, pero él no cedía. Después de un rato le pedí que masajeara mis muslos. "Me lastimé corriendo...", le dije. Y por fin quitó la sábana, dejándome completamente desnuda frente a él. Empezó a tocar la parte interna de mis muslos, rozando en ocasiones mi culo, como por accidente. Cuando sus dos manos estaban entre mis muslos, abrí un poco las piernas... o un mucho. No sé. Lo suficiente para que él entendiera lo que quería.

Justo en ese momento me preguntó cómo estaba mi mamá, como para saber si íbamos a estar solos mucho más tiempo.  Le dije que bien, que se había ido a Alvarado con mi papá y que regresarían hasta el día siguiente. Digamos que para entonces él ya sabía lo que estaba pasando y mis intenciones, pero esta vez no se quitó y siguió trabajando sobre mi cuerpo intentando aparentar que todo era parte de un masaje normal. Entonces, con mis gemidos, las piernas abiertas y el movimiento de mis caderas empecé a guiar sus manos hacía mí. Poco a poco, muy despacio, se fue acercando a mi centro de placer.

Aplicaba aceite caliente sobre mi piel, mis caderas se movían, sus manos se movían, Mi cuerpo desnudo y mis gemidos... Hasta que finalmente me tocó. Y ahí perdió todo lo profesional porque metió sus dedos con fuerza. La sorpresa fue la cosa más excitante. Me hizo gritar de placer. No sé cuántos dedos eran. Uno, dos, tres. No sé. Me sentía invadida, plena. Yo seguía sin ver nada. Boca abajo. Sometida. Quise volverme, pero puso su mano sobre mi espalda y no me dejó.

Al final, cuando me estaba vistiendo quise pagarle, pero me dijo "No, como crees, ya así estuvo bien." Eso me dio demasiada ternura. Yo tan puta y él tan profesional. Sigo con dolor en las piernas y en la cadera, eso sí.

Mal día, buen día

Por la mañana iba a salir con mi mamá al banco para retirar dinero del cajero automático pero el auto no arrancó. Como no teníamos ni para el bus le dije a mi mamá que me esperara en casa y que yo iría caminando hasta la plaza. Imagino que la mayoría de las mujeres como yo ha recibido su buena dosis de pitazos, silbidos y piropos -lindos o asquerosos- cuando caminan por la calle. Esa actitud de los hombres me molesta mucho y a veces me da terror paralizante al punto de evitar salir a cualquier parte, pero esta vez me armé con audífonos y música a todo volumen en el iPod para no escucharles ni enterarme.

Al salir de casa una de las bocinitas de los audífonos dejó de funcionar. No sé por qué. Simplemente se murió. Moví el cable de un lado a otro pero no parecía haber modo de que volviera a la vida aunque pusiera el volumen a tope apenas se podía escuchar algo, así que ahora llevaba la música en un solo oído. Exasperada por eso, y los pitazos y silbidos que estaba recibiendo, me puse en un estado de ánimo semi-gruñón.

Total, caminé como media hora hasta la plaza donde está el banco. La fila en el cajero automático iba lenta porque ah como el cuesta trabajo a la gente usar un simple aparato electrónico. Además, me di cuenta que algunas personas insertan su tarjeta, checan saldo, retiran dinero, sacan la tarjeta, la vuelven a meter y checan saldo de nuevo. O sea... ¿Para qué? ¿No saben restar o qué demonios les pasa?

Total, que cuando por fin llegó mi turno, entré a la cabina y la pantalla del cajero decía "Fuera de servicio temporalmente". Entré al banco y le dije al poli lo que pasaba. Me mandó con un ejecutivo. Esperé como veinte minutos a que se desocupara el fulano y le platiqué lo del cajero. Llamó a alguien por teléfono y me dijo que el técnico lo checaría. Regresé a la cabina y había otros clientes ahí entrando y saliendo cuando veían el anuncio en la pantalla. Me quedé esperando un buen rato. Escuché ruidos detrás del cajero y algo le movieron porque el cajero se reinició. El técnico dijo "Ya quedó" y se fue.
 
Cuando terminó de reiniciarse el sistema apareció de nuevo el mensaje de error. Salí corriendo a avisarle al técnico pero ya no estaba. Fui otra vez con el ejecutivo a quejarme. Debe ser el sistema dijo, pero no se preocupe, pase a la fila Premier y en ventanilla puede retirar. Me formé en la fila, pasé rápido eso sí, porque sólo había dos personas delante de mí. Le entregué la tarjeta a la cajera y le dije que quería retirar cuatro mil pesos. Me pidió mi identificación y se la entregué. "Su identificación no coincide con la del titular de la cuenta". Pues claro que no, la cuenta es de mi mamá, yo solo vine a retirar dinero pero el cajero automático no sirve. Lo siento, la única persona que puede retirar dinero de esta cuenta es el titular. Intenté explicarle todo el asunto pero se negó. Bueno, le dije, devuélvame la tarjeta, voy al cajero de Av. Colón. Llamó al gerente, hablaron no sé qué cosas en voz baja y decidieron retener la tarjeta. "Tiene que venir su mamá a recogerla". Les dije hasta de qué se iban a morir y salí del banco furiosa.

Hacia la mitad del camino de regreso a casa resucitó la bocinita de los audífonos. Estaba una canción de Sia que me gusta mucho y el sonido en los dos oídos me pareció casi orgásmico. Estaba pensando que este sería uno de esos días horribles, pero esto me puso instantáneamente feliz.
 
Tal vez fue el vértigo de la calidad del sonido, o la alegría momentánea al pensar que de aquí en adelante el día sería mejor, que después de haber mirado con cara de asesina serial a un tipo que pasó en su auto junto a mí, muy despacio, decidí que al próximo lo dejaría comerme con la mirada. Así que empecé a tararear la canción que escuchaba en ese momento y a bailar un poco mientras caminaba, moviendo las caderas más de lo necesario.

Le sonreía a los que se acercaban, les guiñaba el ojo a los que me saludaban desde sus autos, a algunos -hombres o mujeres- que me miraban tímidamente les mandé besos al aire. Fue una experiencia liberadora, para ser honesta. Estuvo bien, pero no quiero que se me haga hábito, porque llegó un momento en que me sentía frustrada si no me volteaban a ver.

Regresé a casa sin dinero ni tarjeta, pero con una sonrisa de oreja a oreja que mi mamá no entendió ni yo supe explicar.

martes, 6 de enero de 2015

Escribir

Tenía la costumbre de contar largas historias cuando era niña. De hecho, es por eso que empecé a escribir: Mi padre estaba harto de escucharme hablar por horas sobre cualquier acontecimiento que había ocurrido en la escuela, y sugirió que debería escribir mis relatos en papel.
Al principio, el acto de escribir todos los detalles me pareció demasiado trabajo, así que intenté dibujar a mano mis historias en forma de comics. Por desgracia, pronto descubrí que tenía la capacidad artística de un pepino epiléptico. Finalmente, fue más fácil omitir los dibujos del todo, y acabé escribiendo descripciones detalladas de cabo a rabo.
Mi abuela dice que yo salí del vientre con una historia que contar, y que no me he callado desde entonces. Mi mamá dice que probablemente me quedaré sin algo que contar algún día.
Tengo veintiseis años ahora, y todavía me queda mucho por contar.

viernes, 24 de octubre de 2014

Medio estornudé, medio tosí.

Este clima no me sienta bien. Hace un momento sentí que me venía un estornudo, cuando tomé una bocanada de aire la garganta se preparó para toser, así que tosí y estornudé al mismo tiempo. Sonó bastante raro. Pensé que me iba a ahogar. Medio estornudé, medio tosí. La nariz se quedó con ganas de estornudar apropiadamente y la garganta con ganas de aclararse bien. Se lo conté a mi mamá, pero como estaba rezando no me hizo caso.

sábado, 23 de agosto de 2014

Quiero bañarte de vida

Soy veracruzana. De ahí, del meritito Golfo de México. Me encantan el agua del mar y el calor. El calor beneficia a las plantas y a los bichitos que viven de ellas y después alimentan a otros bichos más grandes que se comen las plantas y los bichitos. Así empieza toda la biosfera que nos da la vida.

Adoramos dioses que nunca existieron pero nos olvidamos del astro maestro. El sol que crea que la vida, la cuida y la protege. Te quita la gripe horrible que te parte los huesos y da catarro, pero sobre todo, te quita la depresión, porque nadie puede estar triste en un día verde y soleado.

Es un Dios que no se anda con amigüedades. Te dice quién eres y qué haces aquí. Si no lo sabes es porque no le has escuchado, ni sentido. Si quieres saberlo tienes que pararte frente a él, esperar hasta que te ilumine con toda su inmensidad y entonces sí, pregúntale a grito pelón quién soy, qué hago aquí. No le preguntes si tu marido te es infiel, si tu novio te quiere y se casará contigo, cuantos hijos tendrás o hasta cuando vivirás. Eso no lo sabe, ni le interesa.

Un día soleado es como un beso en la mañana, como un buenos días mi cielo, levántate. Te amo. Estoy aquí afuera, esperándote. Quiero bañarte de vida. Un día nublado es nostágico, pleno de lo que pudo ser, de dónde estarías, de ojalás, de hubiera hecho esto o aquello, de niños tristes y tristes lágrimas.

Cuando me quejo del frío los chilangos me dicen abrígate y de a poco en poco te acostumbrararás. No quiero acostumbrarme a morir de a poco en poco todos los días.