miércoles, 20 de agosto de 2014

Amigo y amor de mierda

En el verano del 2010 me enrollé con el hermano del dueño de la pizzería donde trabajaba. Era un tipo encantador, moreno, esbelto, con mucho vello en todo el cuerpo y un carísma que no le he conocido a nadie más. Nos veíamos a escondidas porque él era mucho mayor que yo y decía que no quería meterme en problemas. Delante de la gente lo trataba como si nada, pero todos en el restaurante sospechaban que algo pasaba y bromeaban con eso. Yo me hacía la loca.

Además de guapo era inteligente pero también muy holgazán. Su vicio era dormir y era hábil para alejarse de cualquier cosa que significara trabajo. Todo el tiempo hacía planes descabellados para ganar dinero fácilmente: organizaba rifas con boletos baratos y premios extraordinarios que nunca entregaba, hacía pirámides de dinero y cuando las cosas se ponían color hormiga no asomaba la cabeza hasta que el asunto se calmaba. Vivía de a gratis con su prima en lo que conseguía su apartamento soñado, cosa que jamás sucedió.

Llegaba al restaurante de vez en vez, por lo general cuando no estaba su hermano ahí. No le gustaba salir de su apartamento, sólo lo hacía cuando necesitaba dinero o para sonsacar a alguien con alguno de sus ingeniosos negocios. Si le preguntabas por qué no se conseguía un trabajo decía que un amigo suyo estaba en la política y le había prometido un buen puesto en el gobierno federal, pero que había que esperar. Para mí que se estaba escondiendo de alguien. Un día lo sorprendí agarrándo dinero de la caja. Cuando me vió solamente me guiñó el ojo y dijo que era para comprárme un regalo, que por supuesto nunca me entregó, pero desde entonces me dí cuenta que cada vez que él iba a la pizzería no coincidían los cortes de caja.

Chateábamos todas las noches hasta muy tarde y nos veíamos en el apartamento de su prima cada que se podía. Aunque habíamos dicho que lo nuestro era solamente una relación de amigos yo me estaba encariñando mucho con él porque a pesar de todo tenía una personalidad extremadamente positiva y siempre hacía sonreír a todos. La última vez que lo ví sucedió algo terrible.

Esa tarde llegó al restaurante y como el lugar estaba vacío aproveché para decirle que extrañaba besar su pollito. Se hizo el molesto y argumentó que no era un pollito, sino un avestruz, un gallo de pelea o lo menos un pato silvestre. Nos reímos con ganas y los chicos de la cocina asomaron la cabeza. Como seguía haciéndose el difícil le prometí en voz bajita que si nos veíamos más tarde le dejaría magrearme los senos como a él le gustaba. Lo pensó un momento y al final dijo dale, te espero en la noche.

En cuanto terminé el turno fui a encontrarme con él a su apartamento. De verdad tenía muchas ganas de portarme mal. Cuando llegué le conté que había sido un martirio esperar el microbus para ir a verle e intenté convencerle de que la próxima vez él debería ir a mi apartamento, pero en cambio quiso venderme boletos para la rifa de un automóvil. Saqué mi billetera para mostrárle que solo tenía dinero suficiente para regresar a casa. Tomó el dinero y dijo que cuando le diera el resto me entregaría los boletos. Pucha, que bueno que no le enseñé el billete de 500 que siempre traigo escondido para cualquier emergencia.

Luego me tomó de la mano y nos encerramos en su habitación, puso el aparato de la música a todo volumen para que su prima no escuchara lo que pasaba ahí -como siempre- y empezamos a hacer cositas ricas, pero no entraré en muchos detalles porque quiero ir al punto que vine a contar.

Estaba inclinada sobre la cama y él me estaba dando por detrás mientras jugaba con sus dedos en mi culo. Se sentía bien. Dijo que estaba a punto de terminar y se me ocurrió preguntarle si quería venirse dentro de mi trasero. De inmediato dijo que sí.

Ahora bien, él y yo ya habíamos hecho anal antes. Siempre lo he disfrutado. Y aunque le dije que él había sido el primero en entrar por ahí la verdad es que yo había descubierto el placer anal mucho tiempo antes de conocerle. Nunca había tenido ninguna complicación a parte del dolor inicial, que es normal. Bueno, esta vez iba a ser diferente.

Primero le hice un oral para que lo tuviera duro y húmedo, luego me puse en cuatro, levantándo un poco el culo para quedar a la altura adecuada. Entró despacio para dejar que me acostumbrara y pasara el dolor, después sin mucho preámbulo, tiró de mi cabello y empezó a moverse más rápido. Durante un tiempo se sentía bien, muy bien de hecho. Hasta que empezó a doler. Le dije que lo sacara, puse saliva en mi mano y la unté en su miembro, después lo encaminé y lo volvió a meter.

Unos segundos después empecé a notar varias cosas. Primero, me di cuenta que mi mano estaba pegajosa. Sí, la misma mano que usé para untar saliva en su pene. La miré y estaba cubierta de mierda. Mi propia mierda. Segundo, él estaba perdiendo dureza rápidamente, pero como es de los que no se rinden seguía dándole enfurecidamente. Tercero, mi trasero hacía ruidos raros, clap, clop, clap. Cuarto, miré por debajo y me di cuenta que había mierda en toda su entrepierna.

Demonios. ¿Por qué seguía dándome por el culo? Le había cagado toda la verga y el pobre no decía nada para no hacerme sentir mal. Después de esto no podría verlo a la cara jamás. Necesitaba encontrar una salida a esa situación. Todo esto pasó en cinco o diez segundos, máximo. Así que le dije que deberíamos irnos a la regadera. Él estuvo de acuerdo y yo prácticamente salté de la cama evitándo mirarlo a los ojos.

En su habitación no había baño, así que me cubrí el frente del cuerpo con la sábana de la cama, abrí la puerta y me encontré a la prima cenando frente al televisor. Sólo atiné a decir ups! y pasé frente a ella como si fuera normal andar con el culo cagado al descubierto.

Me metí a la regadera para enjuagarme. Escuché cuando Peralta apagó la música y cinco segundos después entró al baño. Todo lo que pude decirle fue demonios, que pena. Me abrazó y dijo no te preocupes, esas cosas pasan. De verdad me sentía muy apenada. No podía ni siquiera mirarle a los ojos. Me tomó de la barbilla para levantar mi cara y me dio un rico beso.

Tomé la barra de jabón, me puse en cunclillas y le lavé con mucho cuidado el miembro y la entrepierna. No tardó mucho en ponerse duro otra vez, me miró con cara de querer continuar la fiesta. Esta vez no le importó que escuchara la prima.